lunes, 9 de octubre de 2017

Mi caos interminable.

Mi vida puede ser tan complicada como la tuya, o tal vez tan simple como la tuya. ¿Quién sabe?
Pero tengo un problema, mi vida no se limita a mis cinco sentidos, sino que tengo otro, uno que me hace sentir y es un poco difícil sentir como yo.
Hace casi un año que mi madre marchó a mi país con mi hermano pequeño para quedarse a vivir, España es un sitio maravilloso donde vivir comparado con nuestras barriadas de mala muerte, sin lugar a dudas, pero la vida del emigrante es muy dura, yo sé que hay quienes saben a lo que me refiero y hay quienes no, mi vida se basa en eso, en tener suerte e ir encontrando gente que sea capaz de empatizar conmigo.
Desde que ella se fue, tuve que cortar con el cordón umbilical de cuajo, más que cortar, lo tuve que arrancar, y me diréis "pero eso es normal, todos hemos pasado por eso" y yo os vuelvo a decir "para mí no, para mí ha sido como un balde de agua congelada en la cara mientras dormía". ¿Imaginaos despertar así en mitad de la noche? en la oscuridad, en penumbra, sumida en tus más profundos y hermosos sueños y despertarte toda empapada, con la garganta cerrada, sin poder respirar apenas... bueno, así siento yo mi depresión, como el sumergirme en un tanque oscuro, sin poder ver nada, sin poder apenas respirar y seguir cayendo en aquella profundidad tan oscura y absorbente.
¿Víctimismo? Puede ser, no lo sé. He buscado tantas veces ayuda para no terminar de morir en el intento de vivir. Sí es cierto que cada vez van pasando los días, voy encontrando la forma de solucionar ciertos problemas, pero es inútil, todo es inútil. Es estar poniendo parches aquí y allá esperando en vano que no haya más fugas, ni chorros ni tsunamis que desborden mi cutre y fina presa.
Yo soy el lado oscuro, el lado duro de ser PAS, he crecido en una sociedad donde ser sensible y comunicativa está mal, donde se valora más la fuerza bruta o tu capacidad de soportar el dolor, pues los azotes de tus padres te los has ganado todos con medalla de honor. Con la llegada de mi adolescencia, mi sensibilidad se fue acentuando y mi sensación de desencajar crecía cada día más. Ya estaba viviendo en dos lugares del globo totalmente distintos y aún así seguía siendo una bicho raro que miraba por encima de sus gafas solamente para fijarse por su camino para no chocar o caer. Con la adolescencia todo creció, todo se acentuó y la depresión no tardó en llegar.
Busqué ayuda, claro que lo hice, busqué ayuda en mis padres, en médicos, en profesionales... pero el resultado era el mismo: todos me querían, todos querían mejorar mi vida, todos decía "eres una chica estupenda, no entiendo porqué te haces esto" o "eres muy bonita cuando sonríes, deberías hacerlo más seguido", ah, y el mítico "tus padres deben de estar orgullosos de ti".
Ah... esa dichosa frase, tan concurrida por profesores y profesionales sanitarios, para todos era estupenda y maravillosa, pero al regresar a casa todo volvía a ser lo mismo: unos padres que ya no saben qué hacer con su hija mayor, un hermano menor que está tomando nota de todo lo que pasa a su alrededor, peleas y más peleas porque no quieres salir de tu cama, por no comer, por no asearte... Me había abandonado tanto que salir de la cama cada diez días para asearme era mi único hábito de cuidado personal.
Recuerdo aquella época como un capítulo oscuro y espeso, realmente creo nunca haber superado esa etapa. una parte de mí se murió en esa cama durante aquellos tres largos años que parecieron décadas.
Nunca me levanté de mi cama por nadie en este mundo, nadie me quería, no quería a nadie y por nadie tenía que luchar, simplemente me dejaba morir, mi cabeza nunca dejaba de dar vueltas, los pensamientos negativos y autodestructivos eran continuos 24/7, mi mente se empezó a separar de mi cuerpo y a día de hoy no he logrado sanar esa ruptura tan mortal, a día de hoy mi cabeza pide a gritos algunas veces saltar ya, como si nunca hubiera salido de ese cuarto oscuro.
Con el tiempo me di cuenta de que lo único que me movía era el amor, el recibir y profesar amor, era lo único que alejaba los malos pensamientos, las ganas de tirarme por un puente o de cualquier otra gilipollez que mi mente enferma deliraba; aprendí que hacer amigos era importante para mí, que así podía huir de todo aquello negro que quería absorberme. Pero volvía a tener un gran problema: mi madre.
En mi país las niñas tenemos que estar en casa, ayudar a nuestras madres y ocuparnos de nuestros hermanos, sean mayores o menores, era cosa de niñas quedarse en casa ayudando en absolutamente todo a mamá; cuando quería salir con mis amigas de la ESO, mi madre siempre me decía cosas como "tú no eres una españolita, tu sitio está en casa", mi madre decía que lo que yo quería era formar parte del porcentaje de las niñas que andaban por la calle con sus trece recién cumplidos bebiendo, fumando y follando ya, mi madre decía que yo quería ser una más y que sobre su cadáver yo le saldría así; con el tiempo, refugiarme en mi habitación se convirtió en la forma más fácil y cómoda para huir de las peleas (absurdas para mi madre) sobre querer salir a la calle y no cuidar de mi hermano, planchar los uniformes o recoger su desastre, se convirtió en la mejor forma de no complacerla y de complacerme, pues pelear siempre me ha generado un malestar general, era la forma perfecta de huir de loa comentario feos de mis padres, así que cuando terminaba de hacer todos mis quehaceres, iba a mi habitación a leer y a escuchar música hasta que se hiciera de noche y dormía para empezar otro día de mierda encerrada en casa.
Con el tiempo ya no quise limpiar, ordenar ni planchar; no había nada que me hiciera feliz, no tenía ningún tipo de motivación para ayudar a mi madre, pero no por ello dejé de hacer todo, pues mi madre es de esas mujeres que no acepta un no por respuesta y menos de su sirvientahija y ¡BOOM! Llegó mi padre de nuestro país.
Las cosas en casa lejos de mejorar fueron a peor, mi padre es un machista activo y en aquella época aún más, sólo abría su boca para decirme cuál era mi lugar (la cocina) y que me olvidase de tonterías como salir hasta las tantas.
No pude más, o me liberaba yo de mis cadenas o mi pobre alma iba a morir desangrada, seca, áspera y fría, mi corazón que sólo bombeaba amor y mi alma que sólo quería cariño y comprensión, se estaba envenenando, me hice mala, cruel y fría, desfogaba todo con mi hermano pequeño, a mis ojos, él era el culpable de absolutamente todo. Era sólo una forma de canalizar todo el odio y el maltrato emocional que tenía en mi entorno. Pronto comprendí que yo estaba sentenciando al mismo sufrimiento a mi hermano menor y paré.O lo intentaba, había crecido con el ojo por ojo y diente por diente, era difícil cambiar mi naturaleza cruel ya. pero lo intentaba, por amor, por amor a mi hermano y con el tiempo lo conseguí, con el tiempo conseguí construir una relación más o menos parecido al de dos hermanos, intentaba demostrarle que a mí sí me importaba lo que le pasase, que podía contar conmigo para lo que quisiese, pues su pubertad estaba tocando su puerta y yo no quería que sufriera como yo, aún no sabía lo que me pasaba, todo mi mundo simplemente era negro y yo no quería que el de mi hermano se convirtiera en uno igual.
La primera vez que yo le dije no a mi madre, habíamos discutido sobre yo irme a pasar la tarde con mis amigas de clase, había pasado tiempo desde la última vez que me dijeron de quedar y yo tenía realmente muchísimas ganas, pues poco a poco, de tanto decir "no puedo", ya no insistían, y normal, ¿no? Habíamos discutido, era domingo y era día de coladas, de poner a lavar su ropa de curro, tender la colada y de planchar los uniformes de mi hermano, habíamos discutido tanto, le había suplicado ya tantas veces "mamá, déjame ir, por favor, estaré a la hora como siempre, seguiré sacando buenas notas, no, mejor, sacaré sobresalientes si quieres, pero déjame ir", dijo una vez más que no y le dije "pues entonces no tiendo la ropa ni plancho" mientras  que iba a mi habitación. Vino detrás de mí y me dio una bofetada, alegando que yo no era ninguna "españolita" y que no se le ponga terca que sino, tendría que enderezarme. 
Las cosas siempre han sido así en casa, es duro, pero al final tienes la esperanza de que al crecer tendrás al menos la opción de elegir si seguir su camino o construir el tuyo propio, aunque claro, nada de eso es tan fácil y simple como suena. 

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